
También disfruto meándome las paredes de los moteles que frecuento. Uno distinto cada vez, pues me he prometido a mí mismo escribir —robándole el título a Sam Shepard— unas CRÓNICAS DE MOTEL que sirvan como guía funcional para parejas en busca de distracción sexual, exoneradas de miradas recriminadoras y sobresaltos. Intentaría clasificar, por ejemplo, a estos tiraderos tomando en cuenta su discrecionalidad, ubicación, la rapidez del room service (con énfasis particular en la disponibilidad de bebidas etílicas, hielo, preservativos y lubricante, cigarrillos, toallas limpias y mullidas en los baños), aire acondicionado o ventilador, televisor con variedad de películas pornográficas, tarifas (relación precio/calidad), etcétera. En vez de las estrellas habituales asignadas a los hoteles o los tenedores que otorga la prestigiosa Guía Michelin, yo calificaría a estos hospedajes de semen con una, dos o tres “erecciones”, dependiendo de si son apenas unos autocines con cama donde ya eyaculas, ya te vas o si verdaderamente te apetece demorarte en sus entrañas.
Cuando nos mudamos a la Torre Aco, en la primera oportunidad que dispuse, oriné mi oficina trazando una circunferencia perfecta. De esta forma, nadie me arrebataría jamás mi cargo de Director Creativo Asociado en INTERGLOBAL ADVERTISING.
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